Ladrillo y reputación corporativa
“Los mercados inflados no duran siempre”, rezaba un titular del Financial Times algún tiempo atrás en relación con la tan traída burbuja inmobiliaria española. Se puede decir más alto, pero no más claro. El problema es que llueve sobre mojado. Durante los dos últimos años, la prensa británica ha sido especialmente dura con el sector de la construcción española. Los titulares nos pueden ser más sangrantes: “Dinero sucio financia el boom en la costa española del crimen”, Financial Times, marzo 2005; “Los británicos pagan el pato en la costa del fraude”, The Telegraph, agosto 2006; “El sueño británico de sol español se convierte en una pesadilla”, The Independent, octubre 2006; “Sector inmobiliario español: permiso para estafarte”, The Sunday Times, octubre 2006.
La jauría mediática internacional en general, y muy especialmente la británica, ha mordido presa, y no parece querer soltarla. Pero el denostado sector inmobiliario español no tiene tiempo ni para siquiera relamerse unas heridas que –presupone– no son muy profundas, y por ello –piensa– cicatrizarán a corto plazo.
Para los dueños del ladrillo patrio la reputación corporativa no es una prioridad, y, por lo tanto, no tiene carácter estratégico. Mientras se sigan vendiendo segundas residencias en las costas nacionales y en países con peor cartel que España –como, por ejemplo, Marruecos– no hay peligro (así nos lo espetó el director general de una gran constructora en el transcurso de una reunión celebrada en febrero pasado). Miras cortas que pueden salir caras en el largo plazo, cuando las vacas flacas empiecen a desfilar por estos pagos. Algo que, a tenor de lo leído estos días, ya es una escuálida realidad.
No hace falta comunicar –entienden–, sino colgar coloridos anuncios en vallas cada vez más grandes, o firmar el patrocinio de estrellas mediáticas, como Fernando Alonso. Piensan que en eso consiste la gestión de su imagen de marca. Un caso más, y ya son muchos, de la necesidad de reeducar al sector empresarial español para que empiece a entender que comunicación y publicidad, siendo herramientas complementarias del marketing promocional, no son hermanas de sangre.
De momento, Credit Suisse ya lo tiene claro: desaconseja a sus clientes la inversión en viviendas en España.


