ABC 13/04/08
Todos los «chief executive officer» de grandes firmas norteamericanas son sospechosos de repente. Reverenciados hasta hace poco como dioses de las finanzas, ahora todo el mundo les pide cuentas de la debacle.
¿Qué tienen en común el antiguo CEO de Enron, actualmente en la cárcel, Jeffrey Skilling, el depuesto CEO de Merrill Lynch, Stan O’Neal y Jeffrey Peek, todavía CEO de CIT Group, pero luchando para que la crisis de las hipotecas «subprime» no devore a su compañía? Esta pregunta se la hacía un experto de la agencia Bloomberg, y en serio se contestaba: que todos ellos han estudiado en Harvard. Igual que Eliot Spitzer. ¿Va a perder la universidad de Boston su prestigio, si cuaja la idea de que es una factoría de dirigentes brillantes pero locos? A esos niveles no es difícil encontrar historias personales estremecedoras. Lo es la de Jeffrey Skilling, paradigma del americano listo y muy orgulloso de serlo, casi profesionalmente arrogante. Sin duda impresiona ver a alguien así condenado a veinticuatro años de cárcel. Su abogado suplicó una reducción de condena mínima, lo justo para permitir que Skilling eludiera la cárcel de máxima seguridad, es decir, para que un ejecutivo de altos vuelos no pasara de los 53 años a los 74 rodeado de asesinos y violadores. «No», dijo el juez. Skilling fue hallado culpable de múltiples imprudencias financieras y de múltiples falsedades para encubrir sus consecuencias. De ahí la dureza de su castigo. Y sin embargo, hay quien todavía hoy ve en él al chivo expiatorio de un sistema que exige la misma locura que castiga. Los super CEO serían como atletas condenados a doparse si quieren cubrir los objetivos de la empresa… que les llevará a juicio si les pilla dopándose. Meses, incluso años antes de la crisis de Enron, unos estudiantes de Columbia ya habían detectado en su trabajo de fin de curso que la contabilidad de la compañía incluía prácticas suicidas. Básicamente Skilling empezó a sacar ventaja a sus competidores computando como beneficios seguros lo que sólo eran estimaciones. Así logró una deslumbrante curva de expansión. Trabajaba, eso sí, con cero errores. El trabajo de los estudiantes de Columbia estuvo colgado durante meses en Internet. Nadie hizo caso hasta que fue demasiado tarde. El caso de Skilling parecía lo suficientemente aislado como para no forzar una revisión global de todo el sistema. Más incómodo ha sido lo de Stan O’Neal, triunfante CEO de Merrill Lynch hasta que en octubre pasado se acordó su jubilación anticipada entre unas pérdidas atroces. Fue el primer rey de Wall Street decapitado por las «subprime». Su decapitación era más dramática porque Stan O’Neal era el primer negro de origen social humilde —su abuelo nació esclavo— en llegar tan lejos. Fue muy criticado que fuera jubilado, no despedido, con sus beneficios intactos, cuando la compañía hacía aguas. Pero O’Neal no había delinquido ni cometido ninguna irregularidad. El agujero de las «subprime» le pilló de sorpresa como después de él ha ido pillando a otros CEO. El cáncer estaba bastante generalizado. Aún así, hay quien insiste en señalar que hay un modelo de líder especialmente propenso a caer de esta manera. Tanto O’Neal como Skilling darían el tipo de lleno: inteligentes hasta la superdotación, enormemente seguros de sí mismos, competitivos y agresivos. O’Neal despidió o forzó la marcha de todo el mundo mínimamente capaz de hacerle sombra en Merrill. El éxito de empresas como Google y Yahoo acredita la emergencia de nuevos liderazgos cooperativos, con una inteligencia, valga la redundancia, más en red. Jerry Yang en Yahoo y Larry Page y Sergey Brin en Google cultivan casi públicamente esta imagen. Son jóvenes y «enrollados», procuran que los empleados se sientan «en familia», etc. ¿Significa eso que tienen las de ganar o las de perder frente a alguien como Steve Ballmer, el hombre del que se dice que ha permitido a Bill Gates tener la cabeza en la estratosfera de le beneficencia, porque él ya se ocupa de que Microsoft sea una máquina? Ballmer es conocido por su odio asesino a la competencia. Dicen que ha jurado destruir Google. ¿Quién vencerá en el selecto Olimpo histéricos de Wall Street? Por si faltaban egos, ahí llega Rupert Murdoch.
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Creo que esto supone que los CEOS van a tener que esforzarse más en comunicar, tanto interna como externamente, sus objetivos, retos, logros…
Apuesto que vamos a ver un nuevo tipo de liderazgo, menos maquiavélico y más orientado a la totalidad de los stakeholders y no sólo a los accionistas.