
Recomiendo encarecidamente la lectura del libro recientemente editado por Anagrama “Un adúltero americano”, escrito por el médico Jed Mercurio
Mercurio novela, magistralmente en mi opinión, los tres años de la presidencia de JFK en el gobierno de los EE.UU, que terminan con su asesinato en Dallas en 1963.
El personaje, uno de los presidentes norteamericanos más populares, estuvo dotado de un talento y de un carisma y atractivo personal excepcionales. Pero al mismo tiempo fue una persona enferma tanto física como mentalmente. De hecho, si se hubieran conocido con detalle las graves dolencias que le aquejaban, Kennedy nunca hubiera podido ser presidente de los EE.UU.

Kennedy padecía la enfermedad de Addison, deficiencia tiroidea, reflujo gástrico, gastritis, úlcera péptica, colitis ulcerosa, prostatitis, uretritis, infecciones crónicas del tracto urinario, infecciones dérmicas, fiebres de origen desconocido, colapso vertebral lumbar, osteoporosis de la columna lumbar, osteoartritis de la columna y el cuello, colesterol alto, rinitis y sinusitis alérgica y asma. Los gravísimos problemas de la espalda fueron como consecuencia de una herida recibida en la 2ª Guerra Mundial, cuando un acorazado japonés embistió e hizo naufragar la patrullera que mandaba.
Los tratamientos oficiales y “extraoficiales” que recibió para controlar y contener todo ese flujo de enfermedades y dolencias le volvieron un adicto a sustancias como los antiinflamatorios, las anfetaminas y los corticoides.
¿Pueden imaginarse a alguien en ese estado teniendo que lidiar con el episodio de la Bahía de los Cochinos, en Cuba, o la Crisis de los Misiles con la Unión Soviética, que puso al mundo al borde de la guerra nuclear?
Kennedy además sufría de una patológica adicción al sexo y abstinencia sexual que no sólo le hizo convertirse en un adúltero compulsivo, sino que le ocasionó gravísimos problemas con su mujer, con actrices tan famosas como Marilyn Monroe y con diferente personal femenino de la propia Casa Blanca, a la que no dudaba en acosar hasta en su propio despacho. Kennedy llegó a confesar al primer ministro británico que “padecía unos terribles dolores de cabeza si estaba tres días sin una mujer”. La exageración llegó a tal extremo que llegó a contratar a prostitutas con las que él y sus ayudantes se “divirtieron” en la propia piscina de la Casa Blanca…
A pesar de estas manifestaciones enfermas, los historiadores han demostrado la extraordinaria visión que demostró en su mandato, el optimismo que infundió a su país, su entereza personal para hacer frente a sus enfermedades y, en palabras de Mercurio, la elocuencia, la erudición y el ingenio de sus discursos. No hay que olvidar que bajo el mandato de Kennedy se introdujo la igualdad de los derechos civiles para los afroamericanos y que se firmó un tratado de prohibición de armas nucleares.
En definitiva, creo que Kennedy fue más que un adúltero americano gravemente enfermo y con adicciones y compulsiones que le torturaron hasta el final. Que una persona con esas deficiencias alcanzara la meta que alcanzó y se supiera mantener, aunque tambaleándose, en ella, demuestra una voluntad, una ambición y una pasión por el poder que no se pueden menos que admirar.
